Hoy volvió a pasar por la estatua y, una vez más, la ha encontrado sin cabeza. Durante varios meses la había visitado a diario feliz de que no le hubiesen escrito nada, de que no se hubiesen robado las letras en bronce que enunciaban el nombre de la misma, de que no le hubiesen bajado la cabeza o la mano a batazos. Pero hoy, tras un breve período de paz, la estatua ha regresado a su estado austero y lamentable. Ni siquiera le han descabezado por completo, es más bien como si le hubiesen hecho algún tipo de trepanación exagerada, o como si la parte superior de su cabeza fuese a servir ahora de casco de guerra a algún beligerante guerrero anti-(imperialista/ independentista/ fascista... introduzca aquí lo que el lector considere necesario).
Un paraguas le protege mientras examina el resto del monumento para asegurarse de que no hayan destrozado nada más. Primero mira lo que le queda de cara; un ojo, una nariz de buitre que guarda un frondoso mostacho y una sonrisa casi imperceptible de complicidad. Sigue examinando la estatua y se dan cuenta de que le han quitado lo que sostenía en la mano. No recuerda bien qué era, cree que era algún tipo de instrumento alargado, una regla, o tal vez un cetro o una espada, no está segura.
Echa un vistazo a las letras de bronce. Quedan sólo tres, porque el resto las han robado y el distrito se ha negado a reemplazarlas. Queda aún la A de la dedicatoria, una O intermedia en el nombre y una T que, aparentemente, pertenece al apellido. Las gotas de lluvia que atraviesan el agujero que le ha dejado la falta de cráneo le alejan de las letras. Se pregunta cuánto tiempo más tendría que llover para que, de la nada, aguas sucias se desborden del agujero y un peatón se horrorice ante la imagen de una estatua derramando sus órganos en una tarde lluviosa como la de hoy. Como si el cerebro de este hombre fuese más grande que su totalidad y tuviese que salir para que dejase de ser el cerebro de un hombre, y se convirtiese en el cerebro del mundo. De ese mundo tan necesitado de uno. Se rie para sí mientras observa una última vez, por hoy, la cara incompleta de la estatua; su sonrisa que no es una sonrisa, su bigote y su nariz de carroñero y su ojo. Ese ojo sin pupila. Ese ojo que la miraba directamente. Y mientras observaba al pobre homenageado (más bien, al pobre descerebrado) se dio cuenta que, tal vez, él también observaba a una pobre descerebrada.
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