miércoles, 5 de mayo de 2010

Maquillaje


Es un lienzo. Es un lienzo pálido e inmovil. Es un espacio donde no hay nada más de lo que debe haber. Donde la palidez es complementada por incontables imperfecciones que sólo añaden a su pureza. Ha de ser destruído.

Con un movimiento violento, un zarpazo de un hambriento animal, el lienzo incorruptible se ha manchado. ¿Y la palidez? En un instante perdida. En un instante la armonía cambiante de la que se pavoneaba se convierte en un rastro de un ataque, de un golpe, de una violación. No ocupa todo el lienzo, no. Pero el lienzo no es una manzana. No produce discordia y no se puede separar de lo podrido y esperar que funcione igual. No se puede cortar. El lienzo siente la podredumbre de su condición, siente cómo su perfección empieza a desaparecer bajo una máscara, bajo una capa de mentira, de artificio. Intenta deshacerse de él.

Fracasa.

Se lamenta.

Se lo hace saber a su atacante.

Y luego, después de escuchar sus plegarias, como el más vil de los inquisidores, como un sangriento Torquemada, ataca de nuevo.

Ya se ha ido. Ya la pureza ha desaparecido bajo matices falsos, bajo contornos inexistentes. Bajo una perfección fingida.

¿Y las imperfecciones?

Agonizan como hombres bajo una nube de polvo que los asfixia lentamente. ¿Y todo para qué? Para generar una ilusión, para hacer una mímesis de la simetría perfecta. Esa simetría que les gusta a los retratistas y a los dueños de las funerarias. Esa simetría que genera ese no se qué, ese unheimlich.

Y al final de esta transformación. De esta masacre. De esta violación. Sólo te pregunto:

“¿Por qué no sonríes igual que ayer?”

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