martes, 6 de julio de 2010

De los dones.

No podía creer que otra vez se te ocurriese sentarte a mi lado a escuchar mi voz. Durante dos semanas no hicimos nada más. Pasaban y pasaban los minutos y no había ni rastro de inconformidad. Recuerdo tu timidez al pedírmelo el primer día. Cómo, atrapado entre tinieblas, alzaste la voz timidamente y rompiste el silencio que había imperado desde tu llegada. Desde mucho antes de tu llegada. Sí, tu voz resonaba en las paredes de esta enorme casa. Esta casa que es demasiado grande para nosotros dos. Tu voz hacía eco en las viejas y pálidas paredes y rebotaba en los pisos de madera lacada. Dos dubitativas palabras emitidas casi a regañadientes, que crepitaban por el aire vacío de un hogar sin hijos. Ese aire cuyo único sonido ambiente es el del silencio. Un silencio brevemente interrumpido por algunos pasos, de los cubiertos golpeando la vajilla o de un viejo televisor encendiéndose. Entonces el sonido ambiente era el de aquel pedante idiota de las noticias, o el de una mujer llorando la muerte de su padre y la desaparición forzada de su amado, todo matizado con el distintivo acento de los llamados hijos del maíz. Pero ese no era el caso. Ahora las cosas habían cambiado. 
Habías partido por unos días, pero habías regresado. Regresaste a negar mis brazos y a muscitar palabras obsenas a quienes, en tu opinión, te habían condenado a este martirio. Pasaste algunas oscuras horas sentado en el sillón de tu biblioteca. Movías los labios y susurrabas palabras inaudibles, como si rezaras. Como si cada uno de los insultos que salían de tu boca fuese una plegaria de condena hacia tus eternos culpables. Visto así,  no hay mucha diferencia. Pero no eran plegarias ni insultos, al acercarme a tí para avisarte que era hora de comer, reconocí esos viejos versos que antes recitabas en tu biblioteca, que repetías y repetías hasta que los aprendieras de memoria, esos versos que declamabas en las reuniones sociales para hacerte ver interesante. Para hacerte ver más interesante. Esos versos de Borges que repetiste tanto que ya habían perdido sentido para mí.
Me di cuenta de que advertiste mi entrada al cuarto, y estoy segura de que sabes que reconocí los versos. Y la historia que va detrás de ellos. Desde que te fuiste, desde que te llevaron, asumí que esa sería tu actitud, y por eso discimulé mis instintos maternales y mi grandísimo dolor al verte reducido a esa silla. A esa penumbra que te rodeaba. Sé que escuchaste los tres pasos que di para llegar al espaldar de esa vieja silla. Y también sé que por eso hablaste, como siempre, en el momento preciso. No me dejaste siquiera abrir la boca. Sabías que iba a hablar, pero, como siempre, con tu magnífica arrogancia, no te importó. Levantaste la voz. Esa carrasposa voz que siempre desprendía un familiar aliento a tabaco, que reunía multitudes y provocaba reverencia en quienes conversaban contigo. Esa voz que hoy parecía la de un niño. Triste e indefenso, perdido en las tinieblas me dijiste:
-¿Me lees?
Y yo derramando lágrimas que nunca viste dije que sí.

1 comentario: