miércoles, 27 de julio de 2011

Cera

Pocas veces he presenciado un acto tan escalofriante como ver cómo le hacían la cera a la niña con la que estoy saliendo. Aviso desde ahora la ignorancia absoluta que tenía hasta hoy sobre el tema y que lo que vi, según me cuentan, no es nada, pues la niña con la que salgo se sometió a la menos dolorosa de las pruebas, una horrorizante experiencia llamada la “media pierna”. Agradezco, además, haber sido expuesto sólo a esto, de seguro que mis nubiles ojos no hubiesen soportado ver aquel castigo dantesco que llaman “el bikini”.

Asumo que mi motivación principal fue la curiosidad. Creo que lo que me hizo acompañar a la niña es que tal vez ésta era la única manera de aproximarse a esta experiencia tan meramente femenina sin tener que vivirla; cosa que después de la experiencia de hoy jamás haré. “¿Me acompañas a hacerme la cera?” - dijo. Y yo, un poco confundido, dije que sí. Porque me había acompañado a hacer vueltas. Creo que eso fue lo que me dije cuando ya íbamos caminando a ese híbrido entre casa pelada y garaje vanagloriado que llaman “salón de belleza”.

Al entrar al recinto creí que tal vez lo que estaba a punto de presenciar no iba a ser tan terrible. A fin de cuentas, este salón de belleza era igual a cualquier peluquería. Cabe anotar que si he entrado a cinco peluquerías distintas en toda mi vida ha sido mucho. Sin embargo, este sitio cumplía con todas las características comunes de estos sitios que he conocido: una vieja y sucia caja registradora al lado de la entrada, situada sobre una mesa igual de anciana donde la persona de mayor rango en el recinto se sitúa estratégicamente cumpliendo sus funciones de jefe vigilate y de celador; las dos o tres manicuristas sentadas esperando eternamente la llegada de una cliente que dijo que llegaría a tiempo; el perpetuo aroma a laca para peinar; y esa mirada de complicidad entre los empleados, esa que siempre me genera una curiosa desconfiaza; esa mirada que dice que los trabajan allí saben algo que nosotros, meros clientes ocasionales, no sabemos.

Apenas estaba reconociendo el lugar, cuando la niña me dijo que la siguiera y me llevó a un segundo piso. Como en la Inquisición, el sitio donde se llevarán a cabo las torturas está oculto de los ojos de los incautos prisioneros. Fue aquí donde conocí a la mujer que por los próximos quince minutos se dedicaría enteramente a provocarle dolor a mi acompañante. Esa vil mujer con sus jeans desteñidos que parecían no contener su cintura; su voz ronca pero servicial; y su sonrisa. Su eterna sonrisa. Esa sonrisa de cortesía que inexplicablemente preservaba aún cuando su cliente saltaba por un instinto generado por el literalmente desgarrador dolor que sentía.

La mujer nos miró de frente y la niña le dijo: “Él viene conmigo.” Nos dirigió al cuartito donde se llevaría a cabo el abuso y al ver que yo entraba con la niña nos miró escandalizada. No la culpo, la niña con la que salgo no aparenta sus 19 años y yo tampoco si estoy recién afeitado, como lo estaba cuando la mujer nos miró. El cuartito, que más bien era un cubículo, tenía una silla para la “terapeuta”; una mesita de noche con un extraño aparato cuadrado con luces naranja que emanaba un calor que no demoró en llenar el recinto; y una camilla endeble cubierta por una sábana blanquecina que no parecía ser muy higiénica. La mujer nos dejó por “un segundito”, pero jamás dijo a dónde se dirigía. Asumo que nos intentó dar un minuto de privacidad como a los condenados a la pena capital se les da un tiempo final con sus familiares. La niña se veía confiada, yo confundido. Le di un abrazo, le besé la mejilla y ella se subió a la camilla.

La mujer entró un instante después, como si supiera que la niña ya estaba en la camilla, y se dejó caer su poco agraciado cuerpo sobre la silla. Yo, sientiéndome fuera de lugar, decidí permanecer parado contra la puerta. De alguna forma, me sentía mejor parado, estando más alto que las dos mujeres sentí que nada de lo que pasara allí podría hacerme daño. La niña intentó subirse los pantalones hasta la rodilla y, al ver que era demasiado entubados para hacerlo, se quitó los pantalones completamente. La mujer me volvió a dirigir la mirada y yo pretendí no verla. Asumo que por su mente pasarían todo tipo de juicios sobre ser precoces o sobre la juventud perdida, pero no me importó; sabía que lo que venía iba a doler y me preocupaba mucho más el bienestar de la niña que semidesnuda se recostaba sobre una camilla, preparada para el auto-impuesto castigo. Además, me preguntaba por qué la niña lo hacía. La idea de que se arrancara los absolutamente diminutos y casi impercetibles vellos de las piernas me parecía ridículo cuando pensaba en cómo nunca se me había pasado esa idea por la cabeza a pesar de que mis piernas parecen cubiertas por un deshilachado tapete negro. Le dije que no tenía que hacérselo. Supongo que fui un poco egoísta al decirle que a mí no me importa que sus piernas tengan unos absolutamente mínimos vellos sobre ellas. Ella se rió y me llamó a la camilla para darme su mano.

La mujer empezó a hablar. Al ver mi duda sobre la necesidad del procedimiento dijo que le parecía muy tierno y sin ningún tipo de preámbulo o aviso, tomó una tira de papel con una cara bañada en un fluído denso y pegajoso que me recordó a la miel de maple, y la presionó contra la pantorrilla de la niña. Con la misma naturalidad con la que hizo esto, tiró de la banda de papel y la niña saltó inmediatamente del dolor. Mi sorpresa no fue ni el salto, ni el evidente dolor que sintió la niña, sino la naturalidad con la que esta mujer que se había mostrado ante todo amigable lo hacía. Parecía no preocuparse por el dolor de la niña, sencillamente, pegaba, tiraba y hablaba. Hablaba mucho. Y eso era probablemente lo más frustrante. La mujer hacía que su voz se impusiera sobre la respiración pesada de una niña. Mi horror llegó cuando vi por primera vez el remanente del líquido sobre la piel. Al levantarse la banda, se podía ver una piel perfectamente lisa por unos centímetros, hasta que le veían los horrendos grumos de cera que no se habían levantado con la banda. La mujer seguía hablando. Nos hablaba de su trayectoria profesional. “Seis años, seis años llevo yo haciendo cera. Y la hago muy bien”. Mientras la niña saltaba y su cara se tornaba roja. Sin embargo, y para mi horror, le respondía a la mujer diciéndole: “Sí, se nota.” y asintiendo. Al terminar la primera pierna, la mujer, que nunca se dirigía a ninguno de los dos específicamente, sino que hablaba a las piernas de la niña o a las bandas con el líquido carmesí, dijo: “Eso hay clientas (sic) que me llegan a dar quejas, que porque se hicieron la cera en otro lado.” Intentando darle a su trabajo a mí algún tipo de autoridad. La segunda pierna fue casi igual a la primera. Presión. Halar. Respiración pesada y salto. La mujer, entonces, me miró. "Yo también tengo clientes hombres." - dijo orgullosa, mientras yo pensaba que le iba a arrancar un pedazo de piel de la pierna a la niña. Yo disimulé una sonrisa y la señora se rió. “Se hacen todo el cuerpo” - continuó, de manra pícara y altiva. Como si con ese comentario me estuviese invitando a someterme a la tortura que estaba ya a punto de terminar. La niña dio un último saltito y dijo: “Esta pierna me dolió más que la otra.” A lo que la mujer respondió con un “Sí” indiferente. La niña se miró las piernas y pasó sus manos por sus pantorrillas. Pareció estar contenta con los resultados. Tomó sus pantalones y se los empezó a poner sonriente. “Gracias”- dijo. A lo que la mujer le respondió: “Vuelvan cuando quieran.” - e inexplicablemente soltó una carcajada.

Descendimos al primer piso. No sé en qué momento desapareció la mujer de voz ronca y contextura maciza. No sé en qué momento la celadora/cajera aceptó los nueve mil pesos que costó el procedimiento y que luego me harían falta para pagar un taxi. Lo único que resonaba en mi mente era la risa de esa mujer. Esa risa ronca y poco melodiosa que se burlaba de mi horror. Que se burlaba de los saltos de dolor que daba la niña. Caminamos fuera del garaje vanagloriado, y abracé a ese ser que acababa de soportar un dolor absurdo por motivos que aún no logro comprender.

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