I wanted a Sony MiniDisc. I wanted a Sony MiniDisc, because I wanted to be able to listen to music and not carry around that UFO-shaped monstrosity of a Discman I had. I was sure of it. I wanted that Sony MiniDisc, because the older kids had it, and I was in the seventh grade, and I wanted to look older. I wanted a MiniDisc until I saw that kid walk into the classroom with those beautiful white earphones. A shiny, bright white cable that caught my eye as soon as he walked in. I asked him if he'd bought new headphones, and he, knowing perhaps that what his hands held was quite expensive, took something out of his pocket slowly. It was white, as white as the earphones, and glossy. It was shiny, it was smooth, and it was so different. It was unlike anything I'd ever seen. The kid said: "My dad bought it for me in the States. It's called an iPod." And as he showed the entire class how the click-wheel worked, how it didn't have an ON/OFF button, and how its buttons were comfortably placed around the wheel, I realized I didn't want the Sony MiniDisc anymore.
My parents bought me my first iPod about a year later. It was a silver 6GB iPod Mini. I fell in love with it almost immediately. As I opened its big white box, I felt the smell I would later learn emanates from every new Apple product. It's one of those things that just adds to their beauty. After I got my first iPod, there was no turning back: I was now a Mac geek. I started to investigate about Macintosh. I realized my dad had an old Lisa down in his basement. And I met, figuratively, of course, Steve Jobs.
Over the years, what followed was me getting more and more Mac products, and consequentially, getting more and more interested in the world of Apple. In Steve. I started watching the keynotes. It was magical, it was simply magical. The way this man spoke, moved, and generally made the audience feel absolutely safe in this dark environment was a mystery. Steve Jobs was a genius, undoubtedly, but he's rarely given credit as an amazing speaker.
Today, I write this on my MacBook (my second one), while my iPad 2 is charging, and my girlfriend plays some game on my iPod Touch. I read the news of Steve's passing on that very same iPad, and I didn't believe it until I saw the Apple webpage. Many people don't understand why when many of us felt shivers when we saw the picture of him and the numbers "1955 - 2011" written below. I can't explain it either, but mainly I'd say it's because of that feeling I've gotten from every single Apple product I've held ever since that boy walked into class almost eight years ago. Apple products, Steve's creations, are not only beautiful, they don't just look pretty and work nicely. They are just right. They are the result of the vision of a man who understood that the products you give to people must be perfect. There has never been a mediocre Apple product. From the glossy glass screens to the A5 chips, Apple products are just right, and that is why the world seems just a little bit darker without Steve. Because his ideas were not the ideas of a CEO, but the ideas of a visionary. Because, roughly eight years after the iPod kid, I have seen him change the way we understand technology and the world around us. Steve did not invent the mp3 player, he invented the iPod. He did not invent the smartphone, he invented the iPhone. He did not invent the tablet, he invented the iPad. Steve reinvented the way we saw the world, and set a path for generations to come. For that, and for Pixar, and for the Newton, and for so many things I couldn't write about today, I say in the most simple way, because, through his inventions I found out that was how he liked things: "Thanks, Steve, and bye."
Note to Tim Cook: You got some BIG sneakers to fill in, Mister.
jueves, 6 de octubre de 2011
miércoles, 27 de julio de 2011
Cera
Pocas veces he presenciado un acto tan escalofriante como ver cómo le hacían la cera a la niña con la que estoy saliendo. Aviso desde ahora la ignorancia absoluta que tenía hasta hoy sobre el tema y que lo que vi, según me cuentan, no es nada, pues la niña con la que salgo se sometió a la menos dolorosa de las pruebas, una horrorizante experiencia llamada la “media pierna”. Agradezco, además, haber sido expuesto sólo a esto, de seguro que mis nubiles ojos no hubiesen soportado ver aquel castigo dantesco que llaman “el bikini”.
Asumo que mi motivación principal fue la curiosidad. Creo que lo que me hizo acompañar a la niña es que tal vez ésta era la única manera de aproximarse a esta experiencia tan meramente femenina sin tener que vivirla; cosa que después de la experiencia de hoy jamás haré. “¿Me acompañas a hacerme la cera?” - dijo. Y yo, un poco confundido, dije que sí. Porque me había acompañado a hacer vueltas. Creo que eso fue lo que me dije cuando ya íbamos caminando a ese híbrido entre casa pelada y garaje vanagloriado que llaman “salón de belleza”.
Al entrar al recinto creí que tal vez lo que estaba a punto de presenciar no iba a ser tan terrible. A fin de cuentas, este salón de belleza era igual a cualquier peluquería. Cabe anotar que si he entrado a cinco peluquerías distintas en toda mi vida ha sido mucho. Sin embargo, este sitio cumplía con todas las características comunes de estos sitios que he conocido: una vieja y sucia caja registradora al lado de la entrada, situada sobre una mesa igual de anciana donde la persona de mayor rango en el recinto se sitúa estratégicamente cumpliendo sus funciones de jefe vigilate y de celador; las dos o tres manicuristas sentadas esperando eternamente la llegada de una cliente que dijo que llegaría a tiempo; el perpetuo aroma a laca para peinar; y esa mirada de complicidad entre los empleados, esa que siempre me genera una curiosa desconfiaza; esa mirada que dice que los trabajan allí saben algo que nosotros, meros clientes ocasionales, no sabemos.
Apenas estaba reconociendo el lugar, cuando la niña me dijo que la siguiera y me llevó a un segundo piso. Como en la Inquisición, el sitio donde se llevarán a cabo las torturas está oculto de los ojos de los incautos prisioneros. Fue aquí donde conocí a la mujer que por los próximos quince minutos se dedicaría enteramente a provocarle dolor a mi acompañante. Esa vil mujer con sus jeans desteñidos que parecían no contener su cintura; su voz ronca pero servicial; y su sonrisa. Su eterna sonrisa. Esa sonrisa de cortesía que inexplicablemente preservaba aún cuando su cliente saltaba por un instinto generado por el literalmente desgarrador dolor que sentía.
La mujer nos miró de frente y la niña le dijo: “Él viene conmigo.” Nos dirigió al cuartito donde se llevaría a cabo el abuso y al ver que yo entraba con la niña nos miró escandalizada. No la culpo, la niña con la que salgo no aparenta sus 19 años y yo tampoco si estoy recién afeitado, como lo estaba cuando la mujer nos miró. El cuartito, que más bien era un cubículo, tenía una silla para la “terapeuta”; una mesita de noche con un extraño aparato cuadrado con luces naranja que emanaba un calor que no demoró en llenar el recinto; y una camilla endeble cubierta por una sábana blanquecina que no parecía ser muy higiénica. La mujer nos dejó por “un segundito”, pero jamás dijo a dónde se dirigía. Asumo que nos intentó dar un minuto de privacidad como a los condenados a la pena capital se les da un tiempo final con sus familiares. La niña se veía confiada, yo confundido. Le di un abrazo, le besé la mejilla y ella se subió a la camilla.
La mujer entró un instante después, como si supiera que la niña ya estaba en la camilla, y se dejó caer su poco agraciado cuerpo sobre la silla. Yo, sientiéndome fuera de lugar, decidí permanecer parado contra la puerta. De alguna forma, me sentía mejor parado, estando más alto que las dos mujeres sentí que nada de lo que pasara allí podría hacerme daño. La niña intentó subirse los pantalones hasta la rodilla y, al ver que era demasiado entubados para hacerlo, se quitó los pantalones completamente. La mujer me volvió a dirigir la mirada y yo pretendí no verla. Asumo que por su mente pasarían todo tipo de juicios sobre ser precoces o sobre la juventud perdida, pero no me importó; sabía que lo que venía iba a doler y me preocupaba mucho más el bienestar de la niña que semidesnuda se recostaba sobre una camilla, preparada para el auto-impuesto castigo. Además, me preguntaba por qué la niña lo hacía. La idea de que se arrancara los absolutamente diminutos y casi impercetibles vellos de las piernas me parecía ridículo cuando pensaba en cómo nunca se me había pasado esa idea por la cabeza a pesar de que mis piernas parecen cubiertas por un deshilachado tapete negro. Le dije que no tenía que hacérselo. Supongo que fui un poco egoísta al decirle que a mí no me importa que sus piernas tengan unos absolutamente mínimos vellos sobre ellas. Ella se rió y me llamó a la camilla para darme su mano.
La mujer empezó a hablar. Al ver mi duda sobre la necesidad del procedimiento dijo que le parecía muy tierno y sin ningún tipo de preámbulo o aviso, tomó una tira de papel con una cara bañada en un fluído denso y pegajoso que me recordó a la miel de maple, y la presionó contra la pantorrilla de la niña. Con la misma naturalidad con la que hizo esto, tiró de la banda de papel y la niña saltó inmediatamente del dolor. Mi sorpresa no fue ni el salto, ni el evidente dolor que sintió la niña, sino la naturalidad con la que esta mujer que se había mostrado ante todo amigable lo hacía. Parecía no preocuparse por el dolor de la niña, sencillamente, pegaba, tiraba y hablaba. Hablaba mucho. Y eso era probablemente lo más frustrante. La mujer hacía que su voz se impusiera sobre la respiración pesada de una niña. Mi horror llegó cuando vi por primera vez el remanente del líquido sobre la piel. Al levantarse la banda, se podía ver una piel perfectamente lisa por unos centímetros, hasta que le veían los horrendos grumos de cera que no se habían levantado con la banda. La mujer seguía hablando. Nos hablaba de su trayectoria profesional. “Seis años, seis años llevo yo haciendo cera. Y la hago muy bien”. Mientras la niña saltaba y su cara se tornaba roja. Sin embargo, y para mi horror, le respondía a la mujer diciéndole: “Sí, se nota.” y asintiendo. Al terminar la primera pierna, la mujer, que nunca se dirigía a ninguno de los dos específicamente, sino que hablaba a las piernas de la niña o a las bandas con el líquido carmesí, dijo: “Eso hay clientas (sic) que me llegan a dar quejas, que porque se hicieron la cera en otro lado.” Intentando darle a su trabajo a mí algún tipo de autoridad. La segunda pierna fue casi igual a la primera. Presión. Halar. Respiración pesada y salto. La mujer, entonces, me miró. "Yo también tengo clientes hombres." - dijo orgullosa, mientras yo pensaba que le iba a arrancar un pedazo de piel de la pierna a la niña. Yo disimulé una sonrisa y la señora se rió. “Se hacen todo el cuerpo” - continuó, de manra pícara y altiva. Como si con ese comentario me estuviese invitando a someterme a la tortura que estaba ya a punto de terminar. La niña dio un último saltito y dijo: “Esta pierna me dolió más que la otra.” A lo que la mujer respondió con un “Sí” indiferente. La niña se miró las piernas y pasó sus manos por sus pantorrillas. Pareció estar contenta con los resultados. Tomó sus pantalones y se los empezó a poner sonriente. “Gracias”- dijo. A lo que la mujer le respondió: “Vuelvan cuando quieran.” - e inexplicablemente soltó una carcajada.
Descendimos al primer piso. No sé en qué momento desapareció la mujer de voz ronca y contextura maciza. No sé en qué momento la celadora/cajera aceptó los nueve mil pesos que costó el procedimiento y que luego me harían falta para pagar un taxi. Lo único que resonaba en mi mente era la risa de esa mujer. Esa risa ronca y poco melodiosa que se burlaba de mi horror. Que se burlaba de los saltos de dolor que daba la niña. Caminamos fuera del garaje vanagloriado, y abracé a ese ser que acababa de soportar un dolor absurdo por motivos que aún no logro comprender.
Asumo que mi motivación principal fue la curiosidad. Creo que lo que me hizo acompañar a la niña es que tal vez ésta era la única manera de aproximarse a esta experiencia tan meramente femenina sin tener que vivirla; cosa que después de la experiencia de hoy jamás haré. “¿Me acompañas a hacerme la cera?” - dijo. Y yo, un poco confundido, dije que sí. Porque me había acompañado a hacer vueltas. Creo que eso fue lo que me dije cuando ya íbamos caminando a ese híbrido entre casa pelada y garaje vanagloriado que llaman “salón de belleza”.
Al entrar al recinto creí que tal vez lo que estaba a punto de presenciar no iba a ser tan terrible. A fin de cuentas, este salón de belleza era igual a cualquier peluquería. Cabe anotar que si he entrado a cinco peluquerías distintas en toda mi vida ha sido mucho. Sin embargo, este sitio cumplía con todas las características comunes de estos sitios que he conocido: una vieja y sucia caja registradora al lado de la entrada, situada sobre una mesa igual de anciana donde la persona de mayor rango en el recinto se sitúa estratégicamente cumpliendo sus funciones de jefe vigilate y de celador; las dos o tres manicuristas sentadas esperando eternamente la llegada de una cliente que dijo que llegaría a tiempo; el perpetuo aroma a laca para peinar; y esa mirada de complicidad entre los empleados, esa que siempre me genera una curiosa desconfiaza; esa mirada que dice que los trabajan allí saben algo que nosotros, meros clientes ocasionales, no sabemos.
Apenas estaba reconociendo el lugar, cuando la niña me dijo que la siguiera y me llevó a un segundo piso. Como en la Inquisición, el sitio donde se llevarán a cabo las torturas está oculto de los ojos de los incautos prisioneros. Fue aquí donde conocí a la mujer que por los próximos quince minutos se dedicaría enteramente a provocarle dolor a mi acompañante. Esa vil mujer con sus jeans desteñidos que parecían no contener su cintura; su voz ronca pero servicial; y su sonrisa. Su eterna sonrisa. Esa sonrisa de cortesía que inexplicablemente preservaba aún cuando su cliente saltaba por un instinto generado por el literalmente desgarrador dolor que sentía.
La mujer nos miró de frente y la niña le dijo: “Él viene conmigo.” Nos dirigió al cuartito donde se llevaría a cabo el abuso y al ver que yo entraba con la niña nos miró escandalizada. No la culpo, la niña con la que salgo no aparenta sus 19 años y yo tampoco si estoy recién afeitado, como lo estaba cuando la mujer nos miró. El cuartito, que más bien era un cubículo, tenía una silla para la “terapeuta”; una mesita de noche con un extraño aparato cuadrado con luces naranja que emanaba un calor que no demoró en llenar el recinto; y una camilla endeble cubierta por una sábana blanquecina que no parecía ser muy higiénica. La mujer nos dejó por “un segundito”, pero jamás dijo a dónde se dirigía. Asumo que nos intentó dar un minuto de privacidad como a los condenados a la pena capital se les da un tiempo final con sus familiares. La niña se veía confiada, yo confundido. Le di un abrazo, le besé la mejilla y ella se subió a la camilla.
La mujer entró un instante después, como si supiera que la niña ya estaba en la camilla, y se dejó caer su poco agraciado cuerpo sobre la silla. Yo, sientiéndome fuera de lugar, decidí permanecer parado contra la puerta. De alguna forma, me sentía mejor parado, estando más alto que las dos mujeres sentí que nada de lo que pasara allí podría hacerme daño. La niña intentó subirse los pantalones hasta la rodilla y, al ver que era demasiado entubados para hacerlo, se quitó los pantalones completamente. La mujer me volvió a dirigir la mirada y yo pretendí no verla. Asumo que por su mente pasarían todo tipo de juicios sobre ser precoces o sobre la juventud perdida, pero no me importó; sabía que lo que venía iba a doler y me preocupaba mucho más el bienestar de la niña que semidesnuda se recostaba sobre una camilla, preparada para el auto-impuesto castigo. Además, me preguntaba por qué la niña lo hacía. La idea de que se arrancara los absolutamente diminutos y casi impercetibles vellos de las piernas me parecía ridículo cuando pensaba en cómo nunca se me había pasado esa idea por la cabeza a pesar de que mis piernas parecen cubiertas por un deshilachado tapete negro. Le dije que no tenía que hacérselo. Supongo que fui un poco egoísta al decirle que a mí no me importa que sus piernas tengan unos absolutamente mínimos vellos sobre ellas. Ella se rió y me llamó a la camilla para darme su mano.
La mujer empezó a hablar. Al ver mi duda sobre la necesidad del procedimiento dijo que le parecía muy tierno y sin ningún tipo de preámbulo o aviso, tomó una tira de papel con una cara bañada en un fluído denso y pegajoso que me recordó a la miel de maple, y la presionó contra la pantorrilla de la niña. Con la misma naturalidad con la que hizo esto, tiró de la banda de papel y la niña saltó inmediatamente del dolor. Mi sorpresa no fue ni el salto, ni el evidente dolor que sintió la niña, sino la naturalidad con la que esta mujer que se había mostrado ante todo amigable lo hacía. Parecía no preocuparse por el dolor de la niña, sencillamente, pegaba, tiraba y hablaba. Hablaba mucho. Y eso era probablemente lo más frustrante. La mujer hacía que su voz se impusiera sobre la respiración pesada de una niña. Mi horror llegó cuando vi por primera vez el remanente del líquido sobre la piel. Al levantarse la banda, se podía ver una piel perfectamente lisa por unos centímetros, hasta que le veían los horrendos grumos de cera que no se habían levantado con la banda. La mujer seguía hablando. Nos hablaba de su trayectoria profesional. “Seis años, seis años llevo yo haciendo cera. Y la hago muy bien”. Mientras la niña saltaba y su cara se tornaba roja. Sin embargo, y para mi horror, le respondía a la mujer diciéndole: “Sí, se nota.” y asintiendo. Al terminar la primera pierna, la mujer, que nunca se dirigía a ninguno de los dos específicamente, sino que hablaba a las piernas de la niña o a las bandas con el líquido carmesí, dijo: “Eso hay clientas (sic) que me llegan a dar quejas, que porque se hicieron la cera en otro lado.” Intentando darle a su trabajo a mí algún tipo de autoridad. La segunda pierna fue casi igual a la primera. Presión. Halar. Respiración pesada y salto. La mujer, entonces, me miró. "Yo también tengo clientes hombres." - dijo orgullosa, mientras yo pensaba que le iba a arrancar un pedazo de piel de la pierna a la niña. Yo disimulé una sonrisa y la señora se rió. “Se hacen todo el cuerpo” - continuó, de manra pícara y altiva. Como si con ese comentario me estuviese invitando a someterme a la tortura que estaba ya a punto de terminar. La niña dio un último saltito y dijo: “Esta pierna me dolió más que la otra.” A lo que la mujer respondió con un “Sí” indiferente. La niña se miró las piernas y pasó sus manos por sus pantorrillas. Pareció estar contenta con los resultados. Tomó sus pantalones y se los empezó a poner sonriente. “Gracias”- dijo. A lo que la mujer le respondió: “Vuelvan cuando quieran.” - e inexplicablemente soltó una carcajada.
Descendimos al primer piso. No sé en qué momento desapareció la mujer de voz ronca y contextura maciza. No sé en qué momento la celadora/cajera aceptó los nueve mil pesos que costó el procedimiento y que luego me harían falta para pagar un taxi. Lo único que resonaba en mi mente era la risa de esa mujer. Esa risa ronca y poco melodiosa que se burlaba de mi horror. Que se burlaba de los saltos de dolor que daba la niña. Caminamos fuera del garaje vanagloriado, y abracé a ese ser que acababa de soportar un dolor absurdo por motivos que aún no logro comprender.
jueves, 28 de abril de 2011
Otredad Parte 1
Desde el comienzo de mis estudios universitarios empezó a surgir, de cuando en cuando, esa palabra que al ser dicha frente a un público poco especializado en los estudios literarios siempre inspira admiración: otredad. Y siendo honesto, siempre me ha parecido una palabra muy bonita. A mí me recuerda a Borges, a esos cuentos que se leían sin entender durante la adolescencia. También me remite a Heidegger y a ese descubrimiento de que tal vez ese ser que creemos tener tan definido y tan seguro está, más bien, dibujado por otros; por su ser con otros y en otros. Sin embargo, recientemente he experimentado otro tipo de otredad; una mucho menos poética y filosófica y más carnal y pasional. De unas semanas para acá he empezado a ser "el otro".
Para dejarlo muy claro, no me estoy refiriendo a esa otredad que sintió cierto viejito cieguito que un día, mientras disfrutaba de un tranquilo promenade se encontró con ese otro que era él pero joven y sin experiencia. Lo que estoy diciendo es que por primera vez en mi vida soy ese ser despreciable y rastrero; ese ser irrespetuoso e inoportuno que roba, usurpa y hasta desvirga lo que el otro ha llegado a considerar su propiedad. En este momento, soy ese ser al que la gente rechaza. Me hace sentir como Clint Eastwood en sus westerns. Pero también caigo en cuenta de que ahora soy ese ser que yo mismo he rechazado, insultado, escupido y hasta derrotado. Es extraño, pero, a pesar de todo; a pesar de ser el malo de la película, debo admitir que me gusta.
No sé si es la novedad; no sé si es ese placer que, por muy cliché que suene, trae el hacer lo que no es correcto, como la alegría que trae escaparse de la casa, robarse un chocolate o mentirle a la mamá. No sé si es un tipo de venganza, de retaliación, un ajuste de cuentas conmigo mismo; un "ya te lo hicieron, ahora hazlo tú". Probablemente haya una horrible y sobrevalorada explicación freudiana para mi placer, mi sórdido y exquisito placer, pero al final la explicación no me importa, y es probable que no me importe porque no podría justificarla.
No puedo explicar, excusar o justificar por qué soy ahora la persona que tanto he odiado. No podría describir de manera acertada lo poco que me importa, en este momento, el código moral que yo mismo me había impuesto. Mucho menos podría importarme lo que se diga de la mujer con la que estoy. Lo que sí creo que puedo explicar es por qué, desde mi punto de vista, yo no soy "el otro". Para mí, la otredad que estoy viviendo de desdibuja, porque al explicar al "otro" no estoy más que explicándome a mí siendo el otro, jugando a ser el otro. Actuando.
Tal vez por eso lo escribo, tal vez por eso lo hago público, porque, como todo actor hambriento y desesperado, joven y poco experimentado, quiero que ese público que me está viendo como "el otro" vea que puedo hacerlo. O en realidad tal vez lo escribo porque me quiero pavonear ante todo el mundo de que estoy haciendo algo que no se debe hacer. Instinto adolescente.
Soy consciente de que este texto sería mucho más escandaloso y probablemente estaría publicado en una revista si fuera una autora y no un autor. También sé que la reacción inmediata de muchos de los que lean esto será: "Esa vieja con la que está saliendo es una perra." Y ahí es cuando prefiero creer que sigo actuando, que sigo siendo el mismo, el "bueno", y que el otro es sólo una máscara. Que, al final del día, esto no es más que teatro. Por lo menos tiene mucho drama.
Pero sé que no hay "final del día", por lo menos no por ahora, y por eso creo que tendré más que escribir sobre el tema. Por ahora, al otro "otro" sólo le puedo decir de la manera más cínica y descarada: "Qué pena, pelao."
martes, 22 de febrero de 2011
Se supone que hoy la íbamos a pasar tan bien
El acelerador sintió presión y llevó la orden al motor. El motor, casi siempre obediente, respondió de inmediato. El parabrisas sintió las leves cosquillas de las gotas de agua que caían con cada vez menos intensidad. El motor seguía dando su mejor esfuerzo, pero empezaba a pedir un respiro. El embrague rogaba ser presionado y lo hizo saber en el tablero. Dos mil. Tres mil. Cuatro mil. El embrague sintió la presión esperada mientras la palanca de cambios se deslizó a una nueva posición. El motor se sintió renovado.
La radio dejaba escuchar la conversación de dos hombres en pugna. Hablaban sobre temas delicados con sus voces serias. Pretendían escuchar al otro y hasta estar abiertos a tener en cuenta otro punto de vista. La radio dejó oir la voz de un hombre que pretendía escandalizarse por nimiedades y exigía respeto. Inmediatamente después, el otro hombre repitió lo que el primero había llamado injurias.
La radio obedeció la orden que le dieron y sintonizó una nueva frecuencia. Dejó escuchar el sonido de un bandoneón y una voz profunda. No duraron más de tres segundos. La radio obedeció la segunda orden y emitió unos tenues acordes de guitarra. Era común que emitiese estos sonidos, especialmente cuando la silla del pasajero sentía ese peso y contextura que ahora sentía. Los acordes continuaron por un tiempo breve y, una vez más, la radio fue forzada a cambiar de sintonía. Sonó una voz que emitía obsenidades a altas velocidades mientras trataba de seguir un ritmo. La radio recibió una última orden por el día y se fue a dormir. Dejó escuchar el sonido de las gotas sobre el parabrisas.
Las gotas, aunque escasas, seguían haciéndole cosquillas al parabrisas, y los limpiabrisas se ocupaban de darle gentiles caricias cada cierto tiempo. El parabrisas se reía con un característico ‘drop’ cada vez que una gota lo tocaba, creando una curiosa melodía, marcada por el metrónomo de los limpiabrisas.
El motor se sintió débil una vez más; el embrague una vez más lo hizo saber. De nuevo, presión y la palanca se volvió a deslizar. El motor respiró de nuevo y logró tener la fuerza suficiente. El freno, quien se había sentido un poco olvidado esta noche, sintió presión y le ordenó a las ruedas que se controlasen. Las ruedas, estas sí obedientes siempre, se detuvieron. El cinturón de seguridad detuvo la penetración de su siempre atenta compañera y regresó a su guarida. La silla del pasajero sintió movimiento y la puerta se abrió. La silla se sintió aliviada; le habían quitado un peso de encima. La puerta se dejó lanzar con fuerza y se aseguró de nuevo. La palanca de cambios, ahora en su posición de descanso, de deslizó a su primera posición mientras el embrague sentía presión. El acelerador sintió mucha presión y le dio la orden al motor. Obedeció. Las ruedas se movieron y el auto arrancó a toda velocidad.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)