Desde el comienzo de mis estudios universitarios empezó a surgir, de cuando en cuando, esa palabra que al ser dicha frente a un público poco especializado en los estudios literarios siempre inspira admiración: otredad. Y siendo honesto, siempre me ha parecido una palabra muy bonita. A mí me recuerda a Borges, a esos cuentos que se leían sin entender durante la adolescencia. También me remite a Heidegger y a ese descubrimiento de que tal vez ese ser que creemos tener tan definido y tan seguro está, más bien, dibujado por otros; por su ser con otros y en otros. Sin embargo, recientemente he experimentado otro tipo de otredad; una mucho menos poética y filosófica y más carnal y pasional. De unas semanas para acá he empezado a ser "el otro".
Para dejarlo muy claro, no me estoy refiriendo a esa otredad que sintió cierto viejito cieguito que un día, mientras disfrutaba de un tranquilo promenade se encontró con ese otro que era él pero joven y sin experiencia. Lo que estoy diciendo es que por primera vez en mi vida soy ese ser despreciable y rastrero; ese ser irrespetuoso e inoportuno que roba, usurpa y hasta desvirga lo que el otro ha llegado a considerar su propiedad. En este momento, soy ese ser al que la gente rechaza. Me hace sentir como Clint Eastwood en sus westerns. Pero también caigo en cuenta de que ahora soy ese ser que yo mismo he rechazado, insultado, escupido y hasta derrotado. Es extraño, pero, a pesar de todo; a pesar de ser el malo de la película, debo admitir que me gusta.
No sé si es la novedad; no sé si es ese placer que, por muy cliché que suene, trae el hacer lo que no es correcto, como la alegría que trae escaparse de la casa, robarse un chocolate o mentirle a la mamá. No sé si es un tipo de venganza, de retaliación, un ajuste de cuentas conmigo mismo; un "ya te lo hicieron, ahora hazlo tú". Probablemente haya una horrible y sobrevalorada explicación freudiana para mi placer, mi sórdido y exquisito placer, pero al final la explicación no me importa, y es probable que no me importe porque no podría justificarla.
No puedo explicar, excusar o justificar por qué soy ahora la persona que tanto he odiado. No podría describir de manera acertada lo poco que me importa, en este momento, el código moral que yo mismo me había impuesto. Mucho menos podría importarme lo que se diga de la mujer con la que estoy. Lo que sí creo que puedo explicar es por qué, desde mi punto de vista, yo no soy "el otro". Para mí, la otredad que estoy viviendo de desdibuja, porque al explicar al "otro" no estoy más que explicándome a mí siendo el otro, jugando a ser el otro. Actuando.
Tal vez por eso lo escribo, tal vez por eso lo hago público, porque, como todo actor hambriento y desesperado, joven y poco experimentado, quiero que ese público que me está viendo como "el otro" vea que puedo hacerlo. O en realidad tal vez lo escribo porque me quiero pavonear ante todo el mundo de que estoy haciendo algo que no se debe hacer. Instinto adolescente.
Soy consciente de que este texto sería mucho más escandaloso y probablemente estaría publicado en una revista si fuera una autora y no un autor. También sé que la reacción inmediata de muchos de los que lean esto será: "Esa vieja con la que está saliendo es una perra." Y ahí es cuando prefiero creer que sigo actuando, que sigo siendo el mismo, el "bueno", y que el otro es sólo una máscara. Que, al final del día, esto no es más que teatro. Por lo menos tiene mucho drama.
Pero sé que no hay "final del día", por lo menos no por ahora, y por eso creo que tendré más que escribir sobre el tema. Por ahora, al otro "otro" sólo le puedo decir de la manera más cínica y descarada: "Qué pena, pelao."