martes, 22 de febrero de 2011

Se supone que hoy la íbamos a pasar tan bien


El acelerador sintió presión y llevó la orden al motor. El motor, casi siempre obediente, respondió de inmediato. El parabrisas sintió las leves cosquillas de las gotas de agua que caían con cada vez menos intensidad. El motor seguía dando su mejor esfuerzo, pero empezaba a pedir un respiro. El embrague rogaba ser presionado y lo hizo saber en el tablero. Dos mil. Tres mil. Cuatro mil. El embrague sintió la presión esperada mientras la palanca de cambios se deslizó a una nueva posición. El motor se sintió renovado. 
La radio dejaba escuchar la conversación de dos hombres en pugna. Hablaban sobre temas delicados con sus voces serias. Pretendían escuchar al otro y hasta estar abiertos a tener en cuenta otro punto de vista. La radio dejó oir la voz de un hombre que pretendía escandalizarse por nimiedades y exigía respeto. Inmediatamente después, el otro hombre repitió lo que el primero había llamado injurias.
La radio obedeció la orden que le dieron y sintonizó una nueva frecuencia. Dejó escuchar el sonido de un bandoneón y una voz profunda. No duraron más de tres segundos. La radio obedeció la segunda orden y emitió unos tenues acordes de guitarra. Era común que emitiese estos sonidos, especialmente cuando la silla del pasajero sentía ese peso y contextura que ahora sentía. Los acordes continuaron por un tiempo breve y, una vez más, la radio fue forzada a cambiar de sintonía. Sonó una voz que emitía obsenidades a altas velocidades mientras trataba de seguir un ritmo. La radio recibió una última orden por el día y se fue a dormir. Dejó escuchar el sonido de las gotas sobre el parabrisas.
Las gotas, aunque escasas, seguían haciéndole cosquillas al parabrisas, y los limpiabrisas se ocupaban de darle gentiles caricias cada cierto tiempo. El parabrisas se reía con un característico ‘drop’ cada vez que una gota lo tocaba, creando una curiosa melodía, marcada por el metrónomo de los limpiabrisas. 
El motor se sintió débil una vez más; el embrague una vez más lo hizo saber. De nuevo, presión y la palanca se volvió a deslizar. El motor respiró de nuevo y logró tener la fuerza suficiente. El freno, quien se había sentido un poco olvidado esta noche, sintió presión y le ordenó a las ruedas que se controlasen. Las ruedas, estas sí obedientes siempre, se detuvieron. El cinturón de seguridad detuvo la penetración de su siempre atenta compañera y regresó a su guarida. La silla del pasajero sintió movimiento y la puerta se abrió. La silla se sintió aliviada; le habían quitado un peso de encima. La puerta se dejó lanzar con fuerza y se aseguró de nuevo. La palanca de cambios, ahora en su posición de descanso, de deslizó a su primera posición mientras el embrague sentía presión. El acelerador sintió mucha presión y le dio la orden al motor. Obedeció. Las ruedas se movieron y el auto arrancó a toda velocidad.